La historia de las constituciones es también la historia de la organización política. Porque si bien la Constitución, tal y como la entendemos hoy, es una idea moderna, los elementos que la componen se vienen desarrollando desde las primeras organizaciones humanas.

 

¿En qué momento las sociedades antiguas se transformaron en el Estado que hoy conocemos? ¿Cómo pasamos de reglas orales a contar con constituciones escritas que limitan el poder del Estado y consagran derechos fundamentales?

Para dar respuesta al origen de la organización política, hay tres corrientes: (i) teoría del origen teológico del Estado, según la cual éste sería obra de una divinidad; (ii) teoría voluntarista del Estado, que señala que provendría de la voluntad y libertad de los humanos, quienes buscan asociarse para proteger tanto a la persona como a sus bienes; y (iii) teoría del origen histórico del Estado, que sostiene que habría nacido como consecuencia de las necesidades naturales de los humanos, dado que no podían ser satisfechas por cada uno como sujeto individual.


En la prehistoria, la unidad del grupo estaba dada por la pertenencia a la especie humana y la creencia en deidades comunes. Carecían de estructuras económicas y políticas claras.

En los reinos del antiguo Oriente -Egipto, Babilonia, Asiria y Persia- surgieron y subsistieron gobiernos teocráticos, con dinastías descendientes de los dioses. Persiste el vínculo con la religión, pero con una estructura sociopolítica más organizada.


Platón y Aristóteles, pensadores de la antigua Grecia, dedicaron gran parte de sus vidas académicas al estudio de los órdenes políticos.

A pesar de que nunca pensaron el término “Constitución” en el sentido que lo entendemos hoy -como un conjunto de normas que regulan el poder del Estado-, sí fueron pioneros en clasificar las distintas formas de gobierno de la Polis -Ciudad Estado-. Ejemplos de estas son la monarquía, la aristocracia y la democracia. Dos textos clásicos para conocer estos estudios son la República de Platón y la Política de Aristóteles.

Aunque no hay seguridad absoluta de que sea de su autoría -podría ser de alguno de sus alumnos-, se le suele atribuir a Aristóteles la escritura del texto “Constitución de los Atenienses”, el cual describe más de 150 sistemas políticos diferentes de ciudades griegas y bárbaras -no griegas-. Para el griego, la organización política surgía por naturaleza, y la mejor forma de gobierno era la que más acercaba a los ciudadanos a la felicidad, a la vida de acuerdo con la virtud.


La Edad Media en Europa se caracterizó por tener un orden político y social basado en las monarquías absolutas y el feudalismo. Se consideraba que el poder del Rey no tenía más límite que la ley de Dios.

Las reglas que regían eran las consuetudinarias -no escritas- o las que emanaban de pactos escritos entre privados. Los derechos y deberes de las personas sólo podían reconocerse en los acuerdos que regulan las relaciones feudales y corporativas.

No existían la mayoría de los elementos comunes a los órdenes políticos modernos: soberanía del pueblo, democracia representativa, Estado Nación, separación de poderes, entre otros. En conclusión, este período de la historia se caracterizó por la ausencia de límites explícitos al poder del gobernante.

 

 


Luego de una oleada de cobros de impuestos que se consideró abusiva, los Barones de la nobleza se rebelaron contra el Rey Juan I de Inglaterra, monarca absoluto. Para resolver el conflicto, el Arzobispo Stephen Langton redactó lo que se conoce como la Carta Magna de 1215, un conjunto de reglas que pretendían limitar el poder del soberano.

Dentro de las libertades y garantías consagradas en ella se encuentran: el derecho de los ciudadanos a recibir herencia, la regulación de los impuestos para evitar excesos, la libertad de la Iglesia respecto al gobierno y la creación de un cuerpo de Barones para custodiar la paz, sirviendo de contrapeso al monarca.

La Carta Magna es considerada por muchos constitucionalistas como la primera Constitución de la historia, pues refleja el primer esfuerzo escrito por limitar el poder del gobernante. Algunos de sus pasajes siguen teniendo vigencia en el orden constitucional inglés actual, como el que se refiere a la libertad de la Iglesia.


Finalizada la Edad Media, comienzan a aparecer varios de los conceptos claves para el desarrollo del constitucionalismo.

Nicolás Maquiavelo (1469-1527), en El Príncipe, utiliza por primera vez la palabra “Estado” en su famosa frase “todos los Estados son un principado o una república”. Introduce además la idea de la moderación al poder del gobernante.

Por su parte, Jean Bodin (1529-1596) desarrolla el concepto de soberanía entendiéndolo como “el poder absoluto y perpetuo de una república”. En aquella época, el poder del soberano de una república no tenía límites salvo la ley natural.

Finalmente, Montesquieu (1689-1755) articuló la idea de la separación de los poderes del Estado en su obra El Espíritu de las Leyes, donde señaló que “el poder detenga al poder”. Esto se traduce en que existen poderes distintos con funciones diferentes, y por ello, se controlan unos a otros. En la práctica, diferencia las funciones de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial como garantía de libertad para los ciudadanos.



El Reino Unido no cuenta, hasta el día de hoy, con una Constitución escrita. Más bien se trata de un conjunto de textos “no codificados” que incluyen leyes, sentencias judiciales, tratados, convenciones constitucionales e incluso prerrogativas reales. Entre ellos se encuentran algunos artículos de la Carta Magna de 1215 y del Bill of Rights –Declaración de Derechos– de 1689, documento que buscaba recuperar y fortalecer potestades parlamentarias desaparecidas bajo el reinado de los Estuardo, para controlar el poder del Rey.

Sin duda, uno de los elementos más distintivos del modelo británico es la predominancia del parlamento como mecanismo de contrapeso al poder del monarca. La moderación del poder político es un elemento esencial del constitucionalismo inglés y se mantiene vigente hasta nuestros días.


“Contractualismo” es un conjunto de teorías que postulan, como idea común, que las personas pactan un contrato social para abandonar el estado de naturaleza en el que viven, y conformar el “Estado Civil”.

Thomas Hobbes (1588-1679) sostiene en El Leviatán que la naturaleza es un “estado de guerra”. Para garantizar la paz y la seguridad, el pueblo deposita el ejercicio de la soberanía en el Estado.

John Locke (1632-1704), en el Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, postula que las personas poseen derechos naturales -vida, libertad y propiedad-, creando el Estado para protegerlos. Estos derechos funcionan como límite al poder.

Finalmente, en El Contrato Social, Jean Jacques Rosseau (1712-1778) sostiene que el pueblo ejerce su “voluntad general” a través del Estado, y lo que dictamina éste, es la voluntad del pueblo.

Los contractualistas fueron pioneros en articular políticamente conceptos como voluntad general, pacto social o los derechos naturales como límite al poder estatal.


 

La Revolución Francesa (1789) es un conflicto que surge a partir del esfuerzo de los franceses por derribar el antiguo régimen y las instituciones heredadas de la Edad Media: la monarquía absoluta y el feudalismo.

El objetivo de la revolución era radicar la soberanía en el pueblo. La primera gran manifestación de la voluntad general del pueblo fue la creación de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano (1789), que reconoce principios como la libertad, la igualdad ante la ley y los derechos naturales. Además, estipula que la soberanía reside en la nación.

A ello siguió la Constitución Francesa de 1791 y también la de 1793. Esta última incluía la elección democrática de representantes, pero no establecía mecanismos claros para limitar el poder político.


Una vez firmada la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776), el país inició un proceso para consolidar su propio orden institucional.

En ese proceso fue particularmente importante El Federalista, un conjunto de ensayos redactados por Alexander Hamilton, James Madison y John Jay que incluían algunos de los conceptos más importantes del constitucionalismo americano: la idea de que la constitución está por encima de cualquier otra ley -”supremacía constitucional”-, de que los poderes del Estado deben tener atribuciones para fiscalizarse unos a otros -“pesos y contrapesos”- o de que debe existir un órgano encargado de asegurar que las leyes simples sean coherentes con la Constitución -”control constitucional”-.

Todos esos límites al poder fueron incluidos en la Constitución de Estados Unidos (1787). Más tarde, los estadounidenses crearían el Bill of Rights (1791), carta que incluía derechos como la libertad de expresión, la libertad religiosa y la libertad de prensa.


Instaurado el régimen democrático luego de la Revolución Francesa, varios autores llamaron la atención sobre la necesidad de moderar el poder de la voluntad general.

Immanuel Kant (1724-1804), en Sobre la paz perpetua, comenta la importancia de dejar en claro que los derechos individuales son anteriores a la conformación del Estado y que sirven también de límite para el ejercicio de la libertad.

Edmund Burke (1729-1797), en sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa, advierte sobre los peligros de no establecer límites a las decisiones democráticas. Sin equilibrios, las decisiones de la mayoría podrían atropellar al individuo.

Alexis de Tocqueville (1805-1859) escribió La democracia en América luego de un largo recorrido por Estados Unidos. De su experiencia, rescata el control de constitucionalidad y los contrapesos como mecanismos para impedir el despotismo.

Con estos aportes, se fueron consolidando en Europa los equilibrios y límites al poder del Estado.


Para el Sacro Imperio Romano Germánico no existía una Carta Fundamental propiamente tal, sino un conjunto de leyes que propiciaban un sistema menos feudalista, buscando darle más libertad a los “no privilegiados”. En 1871, y ya con un texto constitucional propio de corte imperialista y federalista, se estableció el bicameralismo -dos cámaras de representantes- y el voto solo para hombres mayores de 21 años.

En la República de Weimar nace el primer texto constitucional democrático, que además establecía el semi presidencialismo como forma de gobierno y la economía social de mercado como modelo de desarrollo. Esta es la gran influencia del modelo alemán hasta hoy, destacando un marcado acento social en su modelo legal y constitucional.

Actualmente, Alemania posee una “Ley Fundamental”, aprobada en 1949, que no rigió en todo el país sino hasta 1990, con la caída del muro de Berlín y la reunificación. Así, Alemania retomó los principios y valores fundamentales de la cultura occidental, destacando el sistema democrático y del orden económico y social.



El siglo XX es la época de consolidación de las constituciones democráticas. Para fines del período, prácticamente todos los países de occidente contaban con regímenes democráticos.

Luego de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, surge la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), promulgada por acuerdo de los países pertenecientes a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Desde entonces, la figura de los tratados internacionales se ha ido consolidando no solo como pactos bilaterales, sino que también como una manera de proteger derechos fundamentales, teniendo incluso rango supra constitucional -con más autoridad que la Constitución- en algunos sistemas jurídicos.

Además, durante este siglo gran parte de las constituciones del mundo establecieron capítulos exclusivamente dedicados a consagrar derechos. A los civiles y políticos, se suman también los derechos económicos y sociales (como el derecho a la educación o el derecho a la salud) y el reconocimiento de derechos como el sufragio para las mujeres y los derechos de las minorías étnicas.

Conclusión

Como se observa, la historia de las constituciones es dinámica y progresiva. La soberanía del pueblo, los límites al poder y los derechos humanos son ideas que no aparecieron de la noche a la mañana. Fueron más bien el fruto de siglos de aciertos y errores, que nos permiten tener lo que hoy entendemos como Constitución. Se ha avanzado bastante, pero aún queda mucho por construir en conjunto.


Referencias bibliográficas
Fioravanti, M. (2014). Constitucionalismo: experiencias históricas y tendencias actuales. Madrid: Editorial Trotta
Sabine, G. (2009). Historia de la teoría política. México: Fondo de Cultura Económica.